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Desde el corazón de su cocina…

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Teresa Ruiz Romero, es una de esas mujeres que tuvo que abandonar sus sueños porque no tuvo opciones: En el camino de la vida,  se fue inventado una historia y forjándose un destino que supo sazonar con lo que hoy sirve deliciosamente desde hace 22 años, en el mercado Sebastián Escobar… 

Es lunes y son las cinco de la mañana, me dirijo al mercado Sebastián Escobar, ingreso de madrugada bajo el aroma intenso de las verduras frescas y una estupenda variedad de hierbas y verduras que llegan procedentes de la zona norte, digamos que del Tacaná para que no se pierda en los vericuetos de la historia. Camino en medio del bullicio de los mercaderes, del tráfico de carros que han despertado a la vida, del ladrido de los perros madrugadores que resguardan este vetusto  centro comercial y de hombres y mujeres que acomodan sus productos frescos y otros recién horneados  para comenzar la vendimia. 

 
He llegado hasta acá para conocer los pequeños pero grandiosos detalles y acontecimientos de la vida de una mujer que, como muchas, supongo que tuvo que abandonar sus sueños para forjarse un destino. Me sumerjo en el mercado entre hombres y mujeres yendo y viniendo,  guiado solamente por el aroma a café recién colado y la leche recientemente ordeñada que ésta señorona, hierve en un gigantesco perol de hierro que muestra a leguas toda una historia…   
 
No es sorpresa que me vea a esa hora, he anticipado que llegaré aunque no tan temprano, así que comenzaré contándole que Teresita Ruiz Romero llegó a este mundo junto con la lluvia intensa de octubre en el Día de la Raza. Nació con una estrella invisible que supo conducirla en este mundo y salvarla de su laberíntica historia tras el abandono de su padre  cuando contaba apenas con doce meses de vida. Pero digamos que llegó a este mundo como resultado del amor entre Rafael Ruiz Gálvez y Plácida Romero Arévalo, el primero, un afamado carnicero y la segunda una auténtica mujer que se ganó el sustento diario y mantuvo a sus críos haciendo tortillas a mano.
 
Nació después de Pepe, su inseparable hermano que sabría tomarle la mano para enfrentar el mundo juntos, porque cuando no se tiene padre pero sí una heroica y valiente madre, resurge ese poder grandioso que da fuerzas y alimenta el espíritu para conquistar el mundo.
 
Tras la ruptura amorosa de sus padres y cuando éste abandona a su madre para comenzar una nueva historia al lado de otra mujer, su madre descubre que Teresita mantiene una enfermedad que, por la carencia de poder económico y el desinterés de su padre, la poliomielitis  hará estragos y marcará su vida para siempre.
 
Tal vez por eso  Teresita cursó tres veces el primer año de primaria y decidió que era preferible ayudar a su madre en la venta de tortillas que pulular en un ambiente en donde los niños inocentemente se burlan de los defectos de los demás. Así que su estancia en el mercado Sebastián Escobar, tiene la edad de este edificio, más de cincuenta años.
 
Pero como dicen los viejos irresponsables e ignorantes que,  cada niño al nacer trae una torta bajo el brazo, Teresita no nació con esa torta, sino que tuvo la fortuna de contar con un hermano quien a pulso supo forjarse un camino y ayudarla, por supuesto. Estaban solos,  juntos y unidos para enfrentar cualquier adversidad y, como la historia es triste pero real, diremos que muy pronto Pepe, su hermano, se hizo de la primera carnicería, gracias al apoyo y la confianza de hombres que supieron valorar su trabajo. 
 
Teresa Ruiz Romero, tenía 13 años cuando ingresa de lleno al mercado para ayudar a su Pepe, su hermano, sin tiempo para analizar su cruel destino y mucho menos para voltear atrás porque el llamado a la sobrevivencia y superación era mayor que no contar con un padre. Tenía a Pepe, y su hermano, fiel al llamado de la sangre, supo protegerla hasta que un día, cuando contaba ya con 18 años, el amor la sacudió y comenzó a hacer vida en común al lado de Gilberto Escobar Grajales, ahora además de contar con su hermano, tenía a un hombre que cuidaría de ella para siempre.
 
Muy pronto ese amor dio frutos pero también puso a prueba la fortaleza de Tere y su esposo, lloró y aceptó con resignación cristiana la muerte de un par de gemelos que no sobrevivieron apenas a la luz del mundo. Junto a su esposo enfrentó y aceptó esa desdicha acorralándose en los brazos de él y siete años después de vivir libremente, Gilberto le pide que se casen y firman ante el juez su amor.
 
Cuando nace su segunda hija, sintió que la pierna atrofiada y enferma se le había encogido, así que vuelve a surgir de nuevo la enfermedad que la ha marcado desde niña y que nunca pudo atender por razones obvias. Ahora, muchos años después, es atendida por un reconocido médico en la capital chiapaneca quien le ahuyenta la idea de perder el pie derecho.
 
Hasta entonces,  Tere ha sido una mujer que no se ha dejado vencer, ha retado al destino anteponiendo su amor a la vida porque a pesar de todo, no niega que tuvo una infancia desdichada pero que el amor de su madre, el de su inseparable hermano, los brazos del hombre en donde se ha acurrucado desde hace 43 años y todo el camino que recorrió siempre protegida de Dios, le ha dado la felicidad intensa de tener sobre todo vida y dos hermosas hijas: Alejandra y Fabiola.    
 
Tras la operación que realiza el Dr. Eduardo Garay Garay en donde ejecuta un trabajo exitoso, y después de varios meses en recuperación, el veintinueve de septiembre de 1988, hace exactamente veintidós años, ingresa con muletas de nuevo al mercado Sebastián Escobar, ahora para comenzar una nueva aventura en donde su talento, sazón y ese ingrediente amoroso que no falla en la cocina, le comenzó a generar una fama que hasta hoy va de boca en boca. 
 
Prestigio que fue ganando con lo que hasta el día de hoy sirve a partir de las 5 de la mañana. Atrás ha dejado su trabajo en la carnicería que le genera intereses para dedicarse a un nuevo oficio en un lugar que le ofertó su tía Olga Ruiz Elías, pero en noviembre el pie recién operado se le infecta obligándola a viajar a Guatemala para visitar al Señor Esquipulas. Su fe como su amor en todo lo que hace, la pone a salvo.
 
Y es así como desde hace veintidós años, Teresita oferta delicias que despiertan los sentidos. En un lugar especial y situada en el corazón del mercado Sebastián Escobar, ofrece exquisiteces que seducen el alma y porque no, satisfacen el hambre de hombres y mujeres que no solo consiguen la paz y llenarse la panza con lo que esta portentosa mujer sirve, sino que se reconfortan el espíritu porque mientras Teresita deja caer leche hirviendo en una jarra de barro, para obtener con el girar del molinillo,  una espuma deliciosa como resultado de un exquisito chocolate a tiempo que su espléndida sonrisa te cautiva,  y sus palabras,  te dan la bienvenida…
 
Esta tradición nace junto con el auténtico y exclusivo pan con nata y mantequilla, una variedad de tamales que van desde el clásico con chipilín hasta el tradicional de mole con pollo, ofreciendo así mismo el popular café con leche de vacas contentas, tacos y plátanos fritos con el suave rocío que sella nuestra auténtica tradición, el queso y la crema fresca.
 
Hoy, con cincuenta y nueve años de edad y todo un destino forjado a pulso, Teresita Ruiz Romero, puede voltear a ver el camino y reconoce que, sino tuvo una infancia feliz, eso ha quedado en el pasado. Ahora, agradece a Dios porque  le ha dado una grandiosa familia y la ha recompensado con todo un abanico de maravillas que suple las carencias del pasado, con la sencilla y humilde alegría de ver que todo este arduo camino transitado  ¡Ha valido la pena!
 
Teresita Ruiz Romero es una mujer que fundamentalmente cree en Dios, herida y recompensada por la vida; es, por decirlo más simple, una de esas auténticas mujeres que mantiene una memoria repleta de anécdotas en donde acumula acontecimientos de toda su existencia que,  sin rencor alguno, hoy ha compartido con nosotros, pero sobre  todo, Teresita es una mujer que nació con talento y llena de bondad.  
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